5 de noviembre de 2009, 02:00 AM
La actual crisis económica mundial -que sin tener los mismos alcances que la de 1929 es la más profunda desde aquella época- implica, sobre todo, el fracaso de una concepción y de prácticas económicas caracterizadas por el predominio de la especulación financiera sobre la producción y el trabajo; y por la confianza en los mercados, presuntamente autorregulados, como ejes ordenadores de la sociedad. La extrema gravedad de la situación obligó a Estados Unidos y a otros paÃses desarrollados a emplear recursos estatales para salvar entidades en bancarrota, socializando asà las pérdidas, como no se habÃa hecho antes con las ganancias.
Una crisis de tal magnitud no podÃa dejar de golpear la economÃa argentina, que pudo soportarla relativamente bien por su menor vinculación con el sistema financiero internacional después de la experiencia de 2001-2002. El impacto más serio vino por el lado del comercio exterior y las actividades productivas; el crecimiento se frenó y se quebró la tendencia hacia la recuperación del empleo. Sin embargo, ya se advierten signos de una salida de la recesión, aunque el problema principal sigue siendo la dificultad de encarar las transformaciones productivas y tecnológicas necesarias en el largo plazo en un paÃs acostumbrado a vivir permanentemente en la prisión de su propio presente.
Por otra parte, a muchos aún les falta reconocer el hecho de que la economÃa no se fortalece sólo a través de su sector externo, sino también de su mercado interno, que la pone más a cubierto de los cambios en la coyuntura internacional y sostiene el proceso de reindustrialización. Una polÃtica de este tipo no significa encerrarse en sà mismo, sino seguir el rumbo de aquellos que en distintos momentos históricos se transformaron en protagonistas de la economÃa mundial y conforman el pelotón de los paÃses desarrollados, cuya inserción internacional e intereses nacionales han ido siempre de la mano.
En nuestro caso, existe ante todo una tarea prioritaria. La de incorporar a los circuitos de producción y consumo a vastos sectores de la población todavÃa excluidos, mejorando la distribución de los ingresos y los niveles de empleo. Para ello es preciso, además de profundizar las polÃticas sociales, ampliar el aparato productivo. En este sentido, el Estado debe jugar un rol activo a través de la inversión pública en infraestructura y de una adecuada articulación con el sector privado; desde la agroindustria, que tiene un lugar importante en la economÃa gracias a las ventajas competitivas del paÃs, hasta el impulso para la inversión en ramas de mayor valor agregado y nuevas tecnologÃas.
Desarrollo con equidad
Si la depresión de los años 30 llevó a la Argentina a un mayor grado de complejidad y diversificación de su economÃa, la actual crisis mundial puede ser la oportunidad de afianzar un proceso de desarrollo con equidad que nos cohesione internamente y nos vincule mejor con los paÃses de la región y del mundo. En el marco, siempre, de una visión de largo plazo como la que mostraba audazmente Keynes desde el tÃtulo mismo de un texto escrito justamente en 1930, en plena crisis: "Perspectivas económicas para nuestros nietos".
El autor es investigador superior del Conicet
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